viernes, 19 de octubre de 2007

Cataluña como Japón


Cataluña, como Japón, es el país del sol naciente. Asoma el disco del sol del color del azafrán en el horizonte, por el cabo de Creus, tras la mampara de sus promontorios. Y al cabo del día marcha a poniente a reponerse del cansino esfuerzo. Derramar sus bonancibles rayos por todo el sistema solar fatiga lo suyo. En cierta ocasión, un beduino -camellero para solaz de turistas bobalicones como Tolerancio- con las piernas colgando sobre una duna, le dijo al interfecto admirando una preciosa puesta de sol en el Gran Erg Oriental tunecino: el sol se va a dormir a Argelia. Qué bonito.

Cataluña como Japón. A esa conclusión llegamos luego de saber que destacados gerifaltes de CiU recomendaron a los catalanes que no celebrasen el 12 de Octubre, día del Pilar, por ser la fiesta nacional de España y que, además, acudieran a sus trabajos para manifestar inequívocamente su indiferencia y reprobación u hostilidad ante todo cuanto huela a España escenificando un suerte de huelga a la japonesa. No parece que el llamamiento cosechara un éxito apabullante. Incluso, según fuentes bien informadas, no contó siquiera con el respaldo de sus promotores que fueron vistos uno practicando inmersiones deportivas con traje de neopreno y botella de oxígeno cerca de las islas Medas, otro la equitación por los bucólicos y apacibles senderos de La Cerdaña y un tercero renovando su vestuario en unos exclusivos almacenes londinenses.
Hemos constatado un cierto embeleso con lo nipón como fuente de inspiración para nuestros nacionalistas autóctonos. Japón fue durante las primeras décadas del siglo XX un régimen de corte ultranacionalista con afanes imperialistas y expansionistas en el sudeste asiático. Esa política exterior, plagada de siniestros episodios, de matanzas a gran escala, les granjeó la simpatía de los nazis que llegaron a llamarles arios amarillos y acabaron unos y otros por aliarse en una sanguinaria entente.

Siempre se ha dicho que la sociedad japonesa está participada por igual de la tradición y de la modernidad, del apego a su acervo cultural y su identidad combinados con una práctica y proteica capacidad para asimilar las más novedosas tecnologías y con una envidiable laboriosidad y productividad industriales que han convertido a ese pequeño país, un archipiélago con más islas e islotes que kilómetros cuadrados, en una potencia mundial de primer orden.

A muchos nacionalistas catalanes les gustaría que nuestra región fuera el Japón, el shogunado del Mediterráneo. Lo cierto es que andan a menudo con el Japón en la boca. De tal modo que si uno aspira al bilingüismo efectivo y real en el ámbito docente debe perder toda esperanza de ser atendido por la administración, gestionada desde hace 30 años por catalanistas de distinto signo -primero CiU y ahora PSC- y fundar por su cuenta y riesgo un colegio como el japonés, costeándolo de su bolsillo, tal y como dijo Artur Mas. También tenemos nuestro propio samurai, amigo de ETA, que prefirió la muerte honorable del seppuku o hara-kiri a la vergüenza y el oprobio de vivir bajo el yugo extranjero, como fue el caso de nuestro llorado mosén Xirinachs, pero sin la efusión de sangre de la katana ritual y destripadora, sublime ejemplo de autoinmolación patriótica que, incomprensiblemente, no ha generado una corriente simpática o mimética en la feligresía nacionalista a la guisa de la oleada de suicidios que entre la atribulada juventud romántica desató en su día la edición de la emblemática novela de Goethe, Las cuitas del joven Werther, con docenas de lectores ataviados con levita azul y chaleco amarillo descerrajándose un tiro de pistola de chispa delante de un espejo.
Las obligadas analogías con geishas -piensa Tolerancio en una cultivada presentadora de informativos, no muy agraciada pero que despierta pasiones entre sus parroquianos- y kamikazes ofrecen mayores dificultades y deseamos que en lo tocante a los segundos no cunda el ejemplo, no sea que un día se nos eche encima un piloto suicida embalsamado en metanfetamina al grito no de banzai, banzai sino de Visca Catalunya lliure.

También hemos asistido recientemente al lamentable y costoso espectáculo -dicen que la broma ha salido por la fruslería de 24 millones de €- de la expedición nacionalista a Frankfurt. Como era previsible el evento se convirtió en la gran quermés de la exclusión en el ámbito de la cultura y de la literatura, un descomunal lapsus calami, tanto por estilográfico, y disculpen la etimología bastarda, como por calami-toso, pero muy ventajoso en cambio para los autores subvencionados y mimados por el régimen… lo que nada tiene de extraño, pues todos los regímenes reclutan siempre numerosa cohorte de poetas y trovadores a sueldo, en vanguardia, y aún muchos a la espera, en retaguardia.
Pero nada sabemos aún del Mishima catalanista, quedando la plaza desierta en el Parnaso de las letras catalanas -en catalán, claro-. Quizá el talento más prometedor, para hacernos una cabal idea del nivel de excelencia que requiere el nacionalismo cultural (ese híbrido, o tríbrido*, de banderas, butifarras y setas autumnales) y que podría contender de tú a tú en el palenque de las letras y de la provocación con el finado e idolatrado autor nipón no sea otro, figúrense, que el lenguaraz presidente del Barça, señor Laporta, que ha llevado el secesionismo, mediante una suerte de poética delirante de la mitosis patriótica, al ámbito deportivo y ha manifestado su afán de proclamar la independencia futbolística del Barça. Del Kurosawa catalanista tampoco hay noticia, aunque algunos apuntan como réplica del genial cineasta a Conrad Son, el tipo que recibió una subvención de 10.000 € para doblar al catalán una película porno. Su Toshiro Mifune, la más celebrada estrella nipona del celuloide, será el siempre contenido Joel Joan, amigo también de ETA, que sueña con interpretar una futura cinta hagiográfica dedicada a la imperecedera memoria de mosén Xirinachs.

Sin duda que es la japonesa una cultura fascinante, pero uno sospecha por algunos síntomas evidentes que, fieles a pies juntillas su hoja de ruta, los nacionalistas -la Katalonien Gestapo acaba de licenciar a 3.000 agentes lingüísticos para controlar la pureza idiomática en las aulas escolares y en los columpios- no pretenden otra cosa, y lamenta Tolerancio descender a estos coloquiales registros del lenguaje, que ponernos mirando a Yokohama para dejarnos el culo como la bandera de Japón. Antes de que se consuman tan funestos presagios un servidor se tomará una tacita de sake. Sayonara.

* Tríbrido (neologismo by Tolerancio): ente resultante de la mezcla de tres elementos o ingredientes.

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