miércoles, 3 de octubre de 2007

Xavier Vendrell: nostalgia terrorista


Xavier Vendrell, de ERC, sostiene que el recurso a la violencia terrorista es algo relativo, queriendo decir, suponemos -pues no es fácil reproducir los procesos mentales de las personas, ni siquiera de las sanas, con más motivo de las perturbadas- que en principio no es necesariamente cosa mala, que la existencia de la banda terrorista Terra Lliure sirvió para despertar conciencias y que a fin de cuentas -o sea, que no hay para tanto- sólo mató a una persona, y además accidentalmente, omitiendo heridos y estragos a caso hecho.
De un tiempo a esta parte es conocida la siniestra ejecutoria del sujeto metido a apolo-geta del terrorismo que en su día diseñó el cobro del llamado impuesto revolucionario a un número indeterminado de funcionarios de la Generalidad a favor de las cuentas de su partido, suficientemente saneadas gracias a condonación de intereses sobre préstamos bancarios -en la misma frecuencia de onda que el affaire La Caixa/Montilla/OPA a Endesa con inseminaciones varias, aunque en menor cuantía-. Por esa causa y notable mérito fue recompensado con el honor de una consejería en el primer gobierno tripartito, siendo el consejero de trayectoria más breve de la historia reciente y de los menos dañinos, eso es cierto, pues no le dio tiempo a calentar el sillón ni a urdir nuevos estropicios.

Es un error, según pretendieron algunos reputados juristas del siglo XVIII y XIX, como Burke, clasificar a los delincuentes, o mejor, detectarlos preventivamente con anterioridad a la comisión de sus delitos, conforme a criterios fisonómicos, externos, como la amplitud frontal, perímetro craneal, depresión parietal y otras mediciones que determinaran cretinismo, imbecilidad o alguna sociopatía que conllevara riesgo o propensión al crimen. Pero incluso las teorías equivocadas, sea solo por azar, aciertan al menos una vez, acaso ésta que nos ocupa. El caso de Xavier Vendrell podría responder a esas, no obstante, discutibles tabulaciones, pues basta con echarle un somero vistazo para advertir que nos hallamos ante un individuo cabezón, de facciones desagradables: labios bezudos o gordezuelos, prontos a babear copiosamente, ojos hundidos en las cuencas, pero chiquitujos y vivarachos que apuntan a una posible afinidad con el sadismo, y, aunque no lo afirmamos rotundamente, cierta similitud con las estereotípicas hechuras de lo que vulgarmente se ha dado en llamar individuo tarado. Rasgos que darían pábulo a sospechar que detrás de ellos no se esconde ningún buen propósito.

Para el señor Vendrell la organización terrorista Terra Lliure, integrada hoy en ERC, sirvió para despertar conciencias, como si sus tiroteos y bombazos fueran una inocua versión del redentor beso del príncipe que llevó como premio La bella durmiente del bosque para las adormecidas ansias libertadoras de la patria oprimida. No sabemos qué conciencias despertó la banda y a qué vitales y edificantes horizontes y experiencias. Pero es seguro que durante sus gestas concienzudas Terra Lliure envileció para siempre la de muchos de sus militantes y para siempre durmió la de la pobre viejecita que murió aplastada en su lecho, que lo fue de muerte, por el muro que se desplomó y le cayó encima en el atentado contra una oficina de Hacienda en un municipio ilerdense. Que la víctima no era su abuelita, es cosa segura… nos jugamos el bigote. Pero, claro, añadirá el señor Vendrell -remedo nacionalista de aquel asesino en serie conocido como el Mataviejas- salivando por las comisuras de los labios, entre desacompasadas risotadas, mientras arranca una por una las patas a una hormiguita, que la anciana ya había vivido lo suyo y que el trágico accidente lo fue menos, o menos habría de doler por la edad avanzada de la víctima y la cercanía de la muerte por causas biológicas evidentes. Total, como diría el interfecto en un registro coloquial armonizado a sus elegantes maneras y su amplitud de miras, le quedaban dos telediarios.

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