viernes, 2 de noviembre de 2007

¿Qué han aprendido en 300 años... desde 1714?


La respuesta se impone por elemental mandato de la biología humana: nada. Pues no se conoce organismo vivo, fuera de algunos especimenes arbóreos, que alcancen una edad similar. Parece que los científicos han documentado una longevidad inusual en algunos quelonios de gran tamaño. Estiman los expertos que un individuo, una tortuga gigante aún viva*, fue estudiada en su día, un lejano día -Año de Gracia de 1.831- por el mismísimo Charles Darwin al desembarcar del Beagle en el archipiélago de las Galápagos, periplo oceanográfico que inspiró la elaboración de su famosa teoría del origen y la evolución de las especies (no sabemos si el naturalista inglés marcó su caparazón de algún modo fácilmente reconocible que ha perdurado más de siglo y medio).

Anda uno tentado de ubicar a Carod Rovira en alguna suerte de tabulación zoológica a tenor de su aspecto, por analogía, o de su conducta, por etología, luego de su intervención en un espacio televisivo titulado Tenemos cien preguntas para usted. Un espectador cometió el espeluznante crimen de llamarle José Luis y Carod Rovira acudió al quite y arremetió como un morlaco bravío desgarrando la muleta con sus pitones afilados. Su potencia en la embestida radica en sus musculosos bracillos y su voluminoso y duro pero hueco cabezón. El interfecto tiene papada pero no cuello, ese istmo por donde se desliza el aire que inhalamos y también el alimento, y por eso nos recuerda también a un gordezuelo batracio, una suerte de sapo inmenso.
Al nacionalismo, de unos años a esta parte, le cuesta un cansino esfuerzo tragar, pues no tiene tragaderas, y enseguida se embravece y se amontona y responde con impertinencias, como réspice venenosa de ofidio de bífida lengua. Acostumbrado a imponer su criterio, que otros adoptan servil, ancilarmente, no tolera el menor desaire. El nacionalismo tiene muy malas pulgas. Pero desestimemos este divertimento fundamentado en analogías zoológicas, pues no es ético caracterizar con rasgos subhumanos a nuestros adversarios, ni aún en broma, pues eso es precisamente lo que hacen a menudo los nacionalistas para justificar o relativizar los estragos que sus agentes encapuchados causan a quienes no lo son. Y cuanto menos nos parezcamos a ellos, tanto mejor.

Para Carod Rovira, para el nacionalismo en general, no hay individuos plenos fuera de las obligatorias coordenadas tribales. La identidad individual es para el nacionalismo cosa secundaria, cuando no sospechosa de amotinamiento, de sedición y traición a la patria. ¿Pero cómo? ¿Acaso no le basta a usted con las querencias, afectos, emociones, apegos simbólicos e identificaciones que le proporciona la religión nacional, completamente gratis, sin necesidad de que malgaste su tiempo definiendo sus propias afinidades electivas… todo bien masticadito? ¿No será usted un disidente?
Para el nacionalismo nada hay -y si lo hay, se ignora- al margen del pálpito comunal, de los consensos emocionales y de las historiografías románticas y novelescas y otras burdas pero eficaces mistificaciones que deben ser asumidas acríticamente, y que son elaboradas capítulo a capítulo, paulatinamente, mediante el proceso multidisciplinar llamado construcción nacional. Por ello Carod Rovira deduce que lo que se sabe o se ignora, se sabe o se ignora colectivamente. Que el conocimiento, mucho o poco, se transmite en bloque de generación en generación y simultáneamente para todos los individuos que conforman un pueblo. Y lo llama herencia, raíces, aunque valdrían lo mismo otros términos similares. Y que no son cosas la inteligencia, la cultura, la identidad, que competa a la libre iniciativa del individuo procurarlas en su provecho, en la medida, intensidad y dirección que mejor le parezca, sino que ese bagaje le viene dado, por una suerte de mandato determinista que para algunos apela a la raza, al factor sanguíneo o a otras melonadas por el estilo.

Sólo bajo ese presupuesto irracional, esa pueril incongruencia y monumental estupidez, compartida por un amplio sector de la actual sociedad catalana -es una lástima, pero la realidad es ésa- se entiende que alguien discurra tan campante acerca de si unas personas, sin advertir que violenta la lógica más elemental, saben o no pronunciar un nombre en otro idioma como resultado de un proceso supuestamente acumulativo de transmisión de conocimientos iniciado en una determinada fecha, el 11 de septiembre de 1714, y no otra, utilizando una suerte de vocativo plural: si ustedes no han aprendido nada… En efecto, Carod Rovira, cuando se dirigía ante las cámaras a aquella señora madura creía estar hablando no con doña Margarita, pongamos por caso, sino con toda su estirpe y con la representación mental, hostil, que de esa estirpe tiene don José Luis por causa del odio visceral que inocula el virus del irredentismo. Porque, por así decirlo, allá donde hay personas el nacionalismo sólo ve átomos, gránulos o moléculas de pueblos. De modo que doña Margarita, que ya pinta canas, en la percepción sesgada y delirante de Carod Rovira tenía la cara surcada por arrugas tricentenarias.

En definitiva, el nacionalismo somete el devenir a un esquema perfectamente reglado, efectivo e inamovible: pasado mítico o edad de oro/ presente insatisfactorio y denigrante bajo el yugo extranjero/ futuro libertador que nos conducirá a través de un bucle temporal a ese pasado mítico que supondrá la recuperación de la soberanía y el restablecimiento del paraíso en la tierra. Peculiaridades de la cronología nacionalista que permite, por ejemplo, al ministrín de cultura del gobierno tripartito, sin el menor empacho, invocar el franqusimo como justificación actualizada -año 2007- y pertinente del despido de la periodista Peri Rossi.

* El diario El Mundo trae en portada en su edición del martes 30/10/07 que científicos de una universidad británica han hallado un molusco vivo en Islandia de unos 405 años, según sus cálculos, pues la almeja, algo coquetuela, al ser preguntada por su edad se quitó, ahí es nada, un par de siglos de un plumazo. Dijo sentirse la mar de bien aunque admitió que ya no estaba para acabar en la bandeja de un banquete y que comprendía que los hombres prefiriesen degustar almejitas más tiernas, añadió entrecerrando la concha bivalva en un guiño picarón.



1 comentario:

Reinhard dijo...

No, no, y mil veces no; aquí, en la China popular y en la otra. No hemos aprendido nada. Tantos años de esfuerzo, aparente en nuestro caso, mas real en el de nuestros padres,que nos pagaron estudios con el sudor de su frente, no han servido de nada. No. Nada hemos aprendido. Yo creía que en 1.714 Cataluña era un estado independiente y que su adalid, Rafael de Casanova i Comes, peleó con uñas y dientes hasta la muerte contra el invasor español, acabando en el "fossar". Pues no. La realidad es más prosaica y, con ello, menos heroica. Parece ser que por aquel entonces Cataluña ya era España y Don Rafael acabó, anticipándose unos pocos siglos a otros ilustres catalanes tras otra contienda fraticida, corriendo como un conejo, siendo un pensionado del régimen de Felipe V y teniendo a bien morir en Sant Boi de Llobregat, localidad industrial de Barcelona que le recuerda con una tumba que visitan y hasta honran, pásmese usted, Tolerancio, hasta los cargos electos del PPC. No hemos entendido nada, aunque en esa falta de entendimiento nos parecemos a Don José Luis, cuando en Perpiñán, con Ternera y Antza sentados a la mesa, aquél en catalán y éstos en euskera,mantenía un diálogo de sordos. ¿ o acaso utilizaban la lengua del imperio?
Saludos.